Los pájaros del roble
En una destemplada tarde de diciembre, cuando el sol comenzaba a cambiar su colosal amarillo por el menguante naranja, y las nubes grises se mecían de un lado al otro, como si no tuvieran un rumbo fijo, el viento cambió en forma abrupta y el ambiente se cargó de un frío malicioso e inusitado. El invierno comenzó a hacerse presente con un impiadoso saludo y las aves de inmediato comenzaron a volar en círculos buscando horizontes con más calor para reproducirse y conseguir mejor alimento. Fue un 5 de diciembre, lo recuerdo pues me encontraba atacando un mañoso árbol que, de ser derribado, me permitiría ganar unos metros más para el cultivo y la caída del sol junto al cambio del viento hicieron mella en mis huesos, que lo percibieron, en particular la cadera, que desde el año en que recibí la patada de un burro en el marcado de Canterbury no volvió a ser la misma. Con premura, recogí las herramientas y dirigí los pasos hacia mi morada. Mi esposa Emily, devota de Nuestra Seño...

