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La posada del viajero

  La vida del viajante de comercio, al contrario de lo que la gente cree, es bastante tediosa y, en algunos sentidos, más pesada que la de un empleado de comercio común y corriente. No niego que tiene sus ventajas. Estar muchos días fuera de mi casa, ausentarme sin paradero, rodar por rutas polvorientas en busca de aventuras puede parecer más que suficiente para justificar la labor. Sin embargo, todo ello se acaba con rapidez cuando los dolores de cintura y riñones de tanto conducir, la mala calidad de los hoteles que se visitan para ahorrar costos y el no estar asentado en ningún lado, comienzan a pasar facturas. Cierta noche de invierno, mientras me encontraba en mi acostumbrado viaje por los pueblos levantando pedidos, mi coche, un formidable Torino 380W, comenzó a toser y en cuestión de segundos el motor se detuvo. Pensé que era una basura en el carburador, así que descendí del coche y me concentré en revisar el motor. A los pocos minutos ya estaba convencido de que mis precari...

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