La posada del viajero
Una noche de invierno, durante mi recorrido mensual
por la provincia para visitar clientes, mi vetusto Seat 124 marrón comenzó a
toser. Segundos después, el motor se detuvo.
Pensé que era una basura en el carburador, así que me apeé del coche maldiciendo la hora en que me solían ocurrir los
infortunios. La luz que proyectaba la luna era la única, aunque débil, que rompía
la oscuridad en medio de la nada.
Intenté concentrarme en revisar el motor, pero a los pocos minutos, y con las
manos engrasadas, ya estaba plenamente convencido de que mis precarios
conocimientos de mecánica ligera no resolverían el desperfecto.
Al apartarme del motor y cerrar el
capó de un golpe seco una densa
neblina comenzó a extenderse entre la negrura que dominaba los campos y la ruta.
El aire se
volvió húmedo y pesado; denso como
en un sombrío espectáculo, pues un minuto antes podía contemplar el cielo en
toda su magnificencia y momentos después apenas alcanzaba a ver mis manos.
Cuando levanté la vista, distinguí, a escasos metros, una
construcción que hasta ese momento habría jurado inexistente. Me encontraba ante una derruida edificación, la
«Posada del Viajero», si correspondía hacer caso al prolijo cartel pintado a pincel. Sobre el mismo, arriba y en el centro, ardía un tenue foco que rompía el poder de la densa niebla que
había borrado inclusive el horizonte.
Una turbación visceral se apoderó de mí. La noche quería
hacerme suya y, por cuestiones que no puedo explicar, mi corazón comenzó a
latir con inusitada rapidez. Un escalofrío me recorrió la espalda y los vellos de
mis brazos se erizaron al unísono.
Regresé con premura al interior del coche a buscar un
mapa para tratar de ubicarme o de aquietar mi mente apoyándome sobre algo
cierto, pero no lo hallé. El desasosiego me invadió. Tuve miedo, pero me
repuse. Mientras revisaba la gaveta y los documentos desparramados en el asiento
a mi derecha pude observar un par de luces encendidas en el interior de la
posada, señal que estaba funcionando o que, por lo menos, alguien moraba en el
lugar. Como la idea de pasar la noche en el auto no me entusiasmaba demasiado,
descendí luego de guardar en mi pequeño maletín los papeles del coche y algunos
documentos y remitos. Con paso dubitativo me dirigí a la casona.
La puerta estaba cerrada, por lo que golpeé un par de
veces con los puños, ya que no había timbre. Una oscura inquietud se apoderó de
mí, lo que me impidió advertir la vieja aldaba de bronce al frente. Un león
dorado sostenía entre sus dientes una pesada argolla que cogí y golpeé contra
la puerta que lucía
un barniz tan oscuro que absorbía la poca luz. Al no responder nadie a mis golpes pude comprobar que
estaba sin llave, por lo que en un acto de arrojo tomé el picaporte, lo hice
girar e ingresé con parsimonia para no alertar a sus ocupantes, pues los goznes
crujieron como
si llevaran años sin moverse. Unos
pocos muebles derruidos adornaban la habitación haciendo de ella una casa de
remates de segunda mano. El empapelado de las paredes hacía años que necesitaba
un cambio pues, en diferentes lugares, se había desprendido de la pared a la
par que el olor a encierro y humedad doblegaba el calor de la estufa a leña
que, tenue, se debatía dentro de la oscura casona.
—Sepa disculpar, mi estimado visitante —dijo en un tono
quedo, quizás con tanta neblina en su mente como afuera—. No suelo recibir
visitas a estas horas de la noche y me encontraba preparando la cama para ir a
dormir.
—Disculpe la hora... he tenido una avería... —comencé a gesticular
sin motivo aparente. Luego intenté serenarme y ordenar mis palabras—: Necesito, si está dentro de sus posibilidades,
una cama para pasar la noche. El coche se me ha averiado —concluí sin aguardar
a que el viejo completara su larga perorata.
—Por supuesto que tengo una pieza; hace tiempo que las
tengo sin alquilar, así que sí… dispongo de una habitación para usted —murmuró con
un dejo de orgullo, en tanto que secaba la saliva que corría por un costado de
la comisura de sus labios con la mano, y continuó—: Si me presta un minuto le
diré a mi esposa que prepare la pieza, hay que ventilar el cuarto y cambiar las
sábanas. Usted sabrá comprender.
—Faltaba más señor, aguardo aquí, si no es molestia…
— ¿No será molestia si me acompaña con una copa de jerez para
calentar el cuerpo? Mi esposa ya debe estar ocupándose de su cuarto. De hecho, me llamo Clemente López Martínez,
¿y usted? —dijo, y juntó las temblorosas y huesudas manos para acercarlas a mí.
—Jaime Aguirre. Viajante de comercio —murmuré lacónico,
pero en verdad era por el repelús que daban esos dedos más muertos que vivos.
—¡Acompáñeme! —dijo a la vez que giraba sobre sus talones
y se dirigía hacia la pared contigua a la estufa. Sacó una añeja botella de un
cajón oculto y sirvió el espeso líquido en dos pequeños vasos—. A su salud —propuso,
al tiempo que apuraba de un trago el contenido del vaso.
Como no soy de beber, tomé el brebaje de a pequeños
sorbos, pero la calidez reinante, y la satisfacción de haber hallado cobijo,
relajaron mis nervios, que se habían vuelto a exaltar segundos antes al prestar
atención a las sucias y cadavéricas manos del anciano: largas uñas negras,
presumiblemente con tierra y profundos arañazos o marcas surcaban además el
dorso de las mismas. Todo eso creí percibir a la tenue luz del quinqué, que apenas alcanzaba a iluminar los vasos y
poco más, así que de inmediato perdí de vista esas vacilantes manos, que desaparecieron enseguida
en la penumbra y ya no supe si realmente había visto aquello.
—Suele pasar muy poca gente por estos caminos, a fin de
cuentas… la civilización… —dijo cogiendo un tonillo enigmático.
—Al menos transito esta ruta una vez al mes —respondí
dando un respingo—, y esta es la primera vez que veo esta hostería.
El centenario posadero guardó silencio por un momento,
como si rebuscara una respuesta dentro de la telaraña de su nublada y marchita
memoria. Finalmente ignoró mi comentario para dar rienda suelta a su discurso.
—Recuerdo una historia que me contó el último visitante
que tuve por acá —dijo luego de unos segundos—, o quizá fue otro anterior, ya
no lo recuerdo, pero qué más da, voy a contársela.
El hecho de que hubiera encontrado el hilo de la historia
en su mente le provocó un cambio en el rictus, pareció cobrar vida, la espalda
se le enderezó y sus ojos cobraron un brillo inusitado. Tal vez el calor del
alcohol lo revivió y le ganó un par de metros a la Muerte, que acecharía muy
cerca de él. Sin otra cosa que hacer, me senté en un anticuado sillón mientras
el posadero hacía lo propio en otro.
—Verá —dijo, dando inicio a su relato—, hace un tiempo un
visitante me contó esta historia por demás extraña. Sepa usted que no voy a
agregar nada a lo que originalmente narró; le ruego no sospeche de mí —relató a
la vez que entornaba los lagañosos ojos. Luego de una pausa más que larga,
continuó:
—Esto, entiendo, ocurrió hace muchos años, y es algo a lo
que en el siglo pasado se temía mucho; habrá oído hablar de esas historias de
ultratumba. Esta es una de ellas —dijo.
La risa –incomprensible a mi modo de ver– le provocó una
tos seca, aunque los carraspeos siguientes fueron más que desagradables y temí
que muriera frente a mí. Hizo una pausa para tomar aire y yo aproveché para
acomodarme en el sillón. Recuerdo que rasqué el cuerpo del mueble con
inquietud, pero él no se percató de ello y siguió con su historia sin que
aguardara a observar si estaba atento a lo que decía:
—Este hombre me contó que a un conocido lo habían
enterrado vivo. Resulta que era afecto a las mujeres, las prostitutas, bah, y
eso su esposa no se lo perdonó. Bueno, comprenderá que las mujeres hacen la
vista gorda por un tiempo hasta que la cosa se pone muy escandalosa o se contagia
de alguna de esas enfermedades, usted me entiende —masculló con no disimulada
vergüenza del tema al que hacía referencia, aunque no sin cierta sorna. Tomó
nuevamente aire y prosiguió—. Lo cierto es que la esposa, arpía como pocas,
pero muy inteligente, le dio por donde más le podía doler, por la bebida. En
una de las tantas calavereadas de este hombre, aprovechó para hacerse de un
poderoso veneno y se lo volcó entero en la botella de whisky, supongo, no lo
sé, no es mi historia. El hombre cada vez que regresaba de una juerga bebía,
sin saberlo, el néctar de la muerte. Así, noche tras noche… hasta que … hasta
que un día fue dado por muerto cuando en verdad se hallaba en estado de
catalepsia, o algo por el estilo. Es así que cuando años después, por estas
cosas administrativas de los cementerios, hubo que hacer espacio para nuevos
nichos, desenterraron el féretro de este hombre. Al abrir el cajón lo que
encontraron fue la tapa arañada, inclusive había tierra dentro del féretro. El
finado había roto el cajón con sus manos pero en la desesperación finalmente
pereció. Horrible final.
El anciano sonrió apenas con la
expresión absorta de quien recuerda un episodio querido. Al pronunciar las
últimas palabras volvió a acariciarse distraídamente el dorso de una mano, como
si aquellas uñas negras le pertenecieran desde siempre. Por mi parte, no creo que el anciano haya apreciado el rictus
de mis labios. La historia era harto conocida, una leyenda pueblerina, pero concluí
que no debía ser un mal invitado y festejar su momento de distensión.
—Bueno su cuarto está listo. ¿Desea otra copita? —dijo, cuando
una mano se asomó por la puerta señalando la pieza, o eso creí ver al seguir la
mirada del dueño de la casa.
Se incorporó y señaló hacia las escaleras.
—Gracias —bebí de un tirón la medida de jerez, me
incorporé del sillón y caminé detrás de él escaleras arriba.
Cabe aclarar que esas historias de ultratumba ya no me
hacen mella, pese a ello, intenté mostrarme un tanto afectado para no desairar al viejo. Seguí escaleras arriba tras los tambaleantes
pasos del anciano. El piso crujía a nuestro paso, la madera debía estar podrida.
Apoyé mi ropa sobre una silla y me acosté tapado hasta la
cabeza; el frío reinante no opacaba el rico aroma de las sábanas y frazadas
limpias, lo que contrastaba con el olor a encierro y humedad del más que
estrecho ambiente. Al cabo de unos minutos debo haberme dormitado pues en algún
momento de la noche abrí los ojos con una sensación de ahogo, sin fuerzas para
respirar y como si un peso invencible se apoyara en mi pecho. Como pude salí de
la cama y me dirigí hacia la ventana. La noche cerrada solo ofrecía esa maldita
neblina que reinaba en lontananza. Eso no sirvió más que para ampliar o
magnificar mi estado de excitación y ansiedad. Intenté abrir la ventana, pero
mis dedos chocaron contra el frío bastidor. El cuarto parecía latir, como si al
contraerse las paredes y luego al ensancharse y encogerse nuevamente tuviera
vida propia. Un poder asfixiante se apoderó de mí y fue tan fuerte que me
paralizó. Intenté gritar, presa del pánico, pero no lo logré. Luego caí rendido
en la cama. O eso creí.
Por la mañana, cuando el sol ya iluminaba el cielo
descubrí que me encontraba en mi coche. Intenté desperezarme pero era tal el
dolor en mis articulaciones y en todos los músculos que solo pude acomodarme en
el asiento. Al lograr hacer crujir mi columna pude tomar una mejor conciencia
de que me encontraba en el mullido asiento de mi viejo Seat. Eso me provocó
algunas dudas. Mi mente todavía adormilada me estaba jugando una mala pasada.
Al contemplar por la ventanilla la ruta y el campo, sobre
el descanso, pude apreciar una vieja casa en estado de abandono. En su frente,
colgada de una de sus esquinas y a punto de caer, un oxidado cartel que, no sé
si por los rayos del sol o por el deterioro sufrido por el impiadoso paso del
tiempo, no era posible leer. Mi mente se negó a creer que pasé la noche en esa
casa derruida.
De
inmediato probé darle arranque al coche y respondió en un santiamén. Al posar las manos sobre el
volante advertí que tenía las uñas negras, con barro reseco bajo ellas, pero no lo dudé, puse primera y me alejé del lugar ingresando
a la ruta sin mirar atrás.


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