La posada del viajero

 











Una noche de invierno, durante mi recorrido mensual por la provincia para visitar clientes, mi vetusto Seat 124 marrón comenzó a toser. Segundos después, el motor se detuvo.
    Pensé que era una basura en el carburador, así que me apeé del coche maldiciendo la hora en que me solían ocurrir los infortunios. La luz que proyectaba la luna era la única, aunque débil, que rompía la oscuridad en medio de la nada. Intenté concentrarme en revisar el motor, pero a los pocos minutos, y con las manos engrasadas, ya estaba plenamente convencido de que mis precarios conocimientos de mecánica ligera no resolverían el desperfecto.
    La vida del viajante de comercio, al contrario de lo que la gente cree, es bastante tediosa y, en algunos sentidos, más pesada que la de un trabajador común y corriente. No niego que tiene sus ventajas. Pasar semanas lejos de la casa y sus obligaciones rutinarias, dormir cada noche en un pueblo distinto, rodar por rutas polvorientas a la espera de alguna aventura, todo eso puede parecer motivo más que suficiente para justificar la labor. Sin embargo, todo ello se va al traste muy pronto cuando los dolores de cintura de tanto conducir, la mala calidad de los hoteles que se visitan para ahorrar costos y el no estar asentado en ningún lado, comienzan a pasar facturas.
    A pesar de todo, la suerte parecía estar de mi lado. La inercia del coche me permitió detenerlo en uno de esos pequeños descansos que aparecen cada tantos kilómetros junto a la carretera. De haber quedado sobre la banquina, cualquier camionero somnoliento o imprudente podría haberlo embestido.
    Al apartarme del motor y cerrar el capó de un golpe seco una densa neblina comenzó a extenderse entre la negrura que dominaba los campos y la ruta. El aire se volvió húmedo y pesado; denso como en un sombrío espectáculo, pues un minuto antes podía contemplar el cielo en toda su magnificencia y momentos después apenas alcanzaba a ver mis manos.
    Resignado a que el automóvil no volvería a ponerse en marcha sin ayuda de una mano experta, comencé a mirar en rededor lo poco del entorno que me permitía la niebla, mientras me secaba el sudor de la frente con el pañuelo. Por primera vez desde que el coche se había detenido, me descubrí completamente desorientado.
    Cuando levanté la vista, distinguí, a escasos metros, una construcción que hasta ese momento habría jurado inexistente. Me encontraba ante una derruida edificación, la «Posada del Viajero», si correspondía hacer caso al prolijo cartel pintado a pincel. Sobre el mismo, arriba y en el centro, ardía un tenue foco que rompía el poder de la densa niebla que había borrado inclusive el horizonte.
    Juraría haber recorrido aquel tramo cientos de veces sin reparar jamás en aquella construcción, y eso que llevaba años haciendo esa ruta del interior de Valencia. La única explicación que encontraba era que casi siempre transitaba ese trecho en otros horarios y nunca había tenido motivos para detenerme allí.
    Una turbación visceral se apoderó de mí. La noche quería hacerme suya y, por cuestiones que no puedo explicar, mi corazón comenzó a latir con inusitada rapidez. Un escalofrío me recorrió la espalda y los vellos de mis brazos se erizaron al unísono.
    Regresé con premura al interior del coche a buscar un mapa para tratar de ubicarme o de aquietar mi mente apoyándome sobre algo cierto, pero no lo hallé. El desasosiego me invadió. Tuve miedo, pero me repuse. Mientras revisaba la gaveta y los documentos desparramados en el asiento a mi derecha pude observar un par de luces encendidas en el interior de la posada, señal que estaba funcionando o que, por lo menos, alguien moraba en el lugar. Como la idea de pasar la noche en el auto no me entusiasmaba demasiado, descendí luego de guardar en mi pequeño maletín los papeles del coche y algunos documentos y remitos. Con paso dubitativo me dirigí a la casona.
    La puerta estaba cerrada, por lo que golpeé un par de veces con los puños, ya que no había timbre. Una oscura inquietud se apoderó de mí, lo que me impidió advertir la vieja aldaba de bronce al frente. Un león dorado sostenía entre sus dientes una pesada argolla que cogí y golpeé contra la puerta que lucía un barniz tan oscuro que absorbía la poca luz.     Al no responder nadie a mis golpes pude comprobar que estaba sin llave, por lo que en un acto de arrojo tomé el picaporte, lo hice girar e ingresé con parsimonia para no alertar a sus ocupantes, pues los goznes crujieron como si llevaran años sin moverse. Unos pocos muebles derruidos adornaban la habitación haciendo de ella una casa de remates de segunda mano. El empapelado de las paredes hacía años que necesitaba un cambio pues, en diferentes lugares, se había desprendido de la pared a la par que el olor a encierro y humedad doblegaba el calor de la estufa a leña que, tenue, se debatía dentro de la oscura casona.
    —Buenas noches —dije alzando levemente la voz para anunciarme y no asustar a quien se encontrara en la estancia. Al cabo de un largo minuto se abrió una pesada puerta. De ella emergió un hombre entrado en años y encorvado por el paso del tiempo. Arrastraba los pies con evidentes muestras de dolor, me miró de arriba abajo y chasqueó los labios como lo suelen hacer los ancianos. Presto se presentó ante mí.
    —Sepa disculpar, mi estimado visitante —dijo en un tono quedo, quizás con tanta neblina en su mente como afuera—. No suelo recibir visitas a estas horas de la noche y me encontraba preparando la cama para ir a dormir.
    —Disculpe la hora... he tenido una avería... —comencé a gesticular sin motivo aparente. Luego intenté serenarme y ordenar mis palabras—: Necesito, si está dentro de sus posibilidades, una cama para pasar la noche. El coche se me ha averiado —concluí sin aguardar a que el viejo completara su larga perorata.
    El anciano alzó lentamente la vista y me observó en silencio, como si intentara decidir si podía confiar en mí.
    —Por supuesto que tengo una pieza; hace tiempo que las tengo sin alquilar, así que sí… dispongo de una habitación para usted —murmuró con un dejo de orgullo, en tanto que secaba la saliva que corría por un costado de la comisura de sus labios con la mano, y continuó—: Si me presta un minuto le diré a mi esposa que prepare la pieza, hay que ventilar el cuarto y cambiar las sábanas. Usted sabrá comprender.
    —Faltaba más señor, aguardo aquí, si no es molestia…
    — ¿No será molestia si me acompaña con una copa de jerez para calentar el cuerpo? Mi esposa ya debe estar ocupándose de su cuarto. De hecho, me llamo Clemente López Martínez, ¿y usted? —dijo, y juntó las temblorosas y huesudas manos para acercarlas a mí.
Sentí ruidos en la habitación de la que había emergido el posadero, pero lo atribuí a la esposa de este que preparaba mi cuarto.
    —Jaime Aguirre. Viajante de comercio —murmuré lacónico, pero en verdad era por el repelús que daban esos dedos más muertos que vivos.
    —¡Acompáñeme! —dijo a la vez que giraba sobre sus talones y se dirigía hacia la pared contigua a la estufa. Sacó una añeja botella de un cajón oculto y sirvió el espeso líquido en dos pequeños vasos—. A su salud —propuso, al tiempo que apuraba de un trago el contenido del vaso.
    Como no soy de beber, tomé el brebaje de a pequeños sorbos, pero la calidez reinante, y la satisfacción de haber hallado cobijo, relajaron mis nervios, que se habían vuelto a exaltar segundos antes al prestar atención a las sucias y cadavéricas manos del anciano: largas uñas negras, presumiblemente con tierra y profundos arañazos o marcas surcaban además el dorso de las mismas. Todo eso creí percibir a la tenue luz del quinqué, que apenas alcanzaba a iluminar los vasos y poco más, así que de inmediato perdí de vista esas vacilantes manos, que desaparecieron enseguida en la penumbra y ya no supe si realmente había visto aquello.
    —Suele pasar muy poca gente por estos caminos, a fin de cuentas… la civilización… —dijo cogiendo un tonillo enigmático.
    —Al menos transito esta ruta una vez al mes —respondí dando un respingo—, y esta es la primera vez que veo esta hostería.
    El centenario posadero guardó silencio por un momento, como si rebuscara una respuesta dentro de la telaraña de su nublada y marchita memoria. Finalmente ignoró mi comentario para dar rienda suelta a su discurso.
    —Recuerdo una historia que me contó el último visitante que tuve por acá —dijo luego de unos segundos—, o quizá fue otro anterior, ya no lo recuerdo, pero qué más da, voy a contársela.
El hecho de que hubiera encontrado el hilo de la historia en su mente le provocó un cambio en el rictus, pareció cobrar vida, la espalda se le enderezó y sus ojos cobraron un brillo inusitado. Tal vez el calor del alcohol lo revivió y le ganó un par de metros a la Muerte, que acecharía muy cerca de él. Sin otra cosa que hacer, me senté en un anticuado sillón mientras el posadero hacía lo propio en otro.
    —Verá —dijo, dando inicio a su relato—, hace un tiempo un visitante me contó esta historia por demás extraña. Sepa usted que no voy a agregar nada a lo que originalmente narró; le ruego no sospeche de mí —relató a la vez que entornaba los lagañosos ojos. Luego de una pausa más que larga, continuó:
    —Esto, entiendo, ocurrió hace muchos años, y es algo a lo que en el siglo pasado se temía mucho; habrá oído hablar de esas historias de ultratumba. Esta es una de ellas —dijo.
    La risa –incomprensible a mi modo de ver– le provocó una tos seca, aunque los carraspeos siguientes fueron más que desagradables y temí que muriera frente a mí. Hizo una pausa para tomar aire y yo aproveché para acomodarme en el sillón. Recuerdo que rasqué el cuerpo del mueble con inquietud, pero él no se percató de ello y siguió con su historia sin que aguardara a observar si estaba atento a lo que decía:
    —Este hombre me contó que a un conocido lo habían enterrado vivo.     Resulta que era afecto a las mujeres, las prostitutas, bah, y eso su esposa no se lo perdonó. Bueno, comprenderá que las mujeres hacen la vista gorda por un tiempo hasta que la cosa se pone muy escandalosa o se contagia de alguna de esas enfermedades, usted me entiende —masculló con no disimulada vergüenza del tema al que hacía referencia, aunque no sin cierta sorna. Tomó nuevamente aire y prosiguió—. Lo cierto es que la esposa, arpía como pocas, pero muy inteligente, le dio por donde más le podía doler, por la bebida. En una de las tantas calavereadas de este hombre, aprovechó para hacerse de un poderoso veneno y se lo volcó entero en la botella de whisky, supongo, no lo sé, no es mi historia. El hombre cada vez que regresaba de una juerga bebía, sin saberlo, el néctar de la muerte. Así, noche tras noche… hasta que … hasta que un día fue dado por muerto cuando en verdad se hallaba en estado de catalepsia, o algo por el estilo. Es así que cuando años después, por estas cosas administrativas de los cementerios, hubo que hacer espacio para nuevos nichos, desenterraron el féretro de este hombre. Al abrir el cajón lo que encontraron fue la tapa arañada, inclusive había tierra dentro del féretro. El finado había roto el cajón con sus manos pero en la desesperación finalmente pereció. Horrible final.
El anciano sonrió apenas con la expresión absorta de quien recuerda un episodio querido. Al pronunciar las últimas palabras volvió a acariciarse distraídamente el dorso de una mano, como si aquellas uñas negras le pertenecieran desde siempre. Por mi parte, no creo que el anciano haya apreciado el rictus de mis labios. La historia era harto conocida, una leyenda pueblerina, pero concluí que no debía ser un mal invitado y festejar su momento de distensión.
   —Impresionante… —alcancé a esbozar cuando el viejo me interrumpió, apremiado sin saber bien por qué.
    —Bueno su cuarto está listo. ¿Desea otra copita? —dijo, cuando una mano se asomó por la puerta señalando la pieza, o eso creí ver al seguir la mirada del dueño de la casa.
Se incorporó y señaló hacia las escaleras.
    —Gracias —bebí de un tirón la medida de jerez, me incorporé del sillón y caminé detrás de él escaleras arriba.
    Cabe aclarar que esas historias de ultratumba ya no me hacen mella, pese a ello, intenté mostrarme un tanto afectado para no desairar al viejo. Seguí escaleras arriba tras los tambaleantes pasos del anciano. El piso crujía a nuestro paso, la madera debía estar podrida.
    El cuarto era una de esas piezas antiguas con una cama pequeña, una mesilla de luz desvencijada y un ropero de madera maciza con una ornamentación arabesca un tanto extraña, pero que sin dudas había conocido mejores épocas. Reinaba una atmósfera sofocante, como si la neblina hubiera invadido la posada. Recién en ese momento, cuando la puerta se cerró detrás de mí, fue cuando me percaté de lo afectado que me encontraba por la horrible muerte que halló el desventurado personaje del cuento, aunque sin dudas todo era producto de la imaginación del posadero.
    Apoyé mi ropa sobre una silla y me acosté tapado hasta la cabeza; el frío reinante no opacaba el rico aroma de las sábanas y frazadas limpias, lo que contrastaba con el olor a encierro y humedad del más que estrecho ambiente. Al cabo de unos minutos debo haberme dormitado pues en algún momento de la noche abrí los ojos con una sensación de ahogo, sin fuerzas para respirar y como si un peso invencible se apoyara en mi pecho. Como pude salí de la cama y me dirigí hacia la ventana. La noche cerrada solo ofrecía esa maldita neblina que reinaba en lontananza. Eso no sirvió más que para ampliar o magnificar mi estado de excitación y ansiedad. Intenté abrir la ventana, pero mis dedos chocaron contra el frío bastidor. El cuarto parecía latir, como si al contraerse las paredes y luego al ensancharse y encogerse nuevamente tuviera vida propia. Un poder asfixiante se apoderó de mí y fue tan fuerte que me paralizó. Intenté gritar, presa del pánico, pero no lo logré. Luego caí rendido en la cama. O eso creí.
    Por la mañana, cuando el sol ya iluminaba el cielo descubrí que me encontraba en mi coche. Intenté desperezarme pero era tal el dolor en mis articulaciones y en todos los músculos que solo pude acomodarme en el asiento. Al lograr hacer crujir mi columna pude tomar una mejor conciencia de que me encontraba en el mullido asiento de mi viejo Seat.     Eso me provocó algunas dudas. Mi mente todavía adormilada me estaba jugando una mala pasada.
    Al contemplar por la ventanilla la ruta y el campo, sobre el descanso, pude apreciar una vieja casa en estado de abandono. En su frente, colgada de una de sus esquinas y a punto de caer, un oxidado cartel que, no sé si por los rayos del sol o por el deterioro sufrido por el impiadoso paso del tiempo, no era posible leer. Mi mente se negó a creer que pasé la noche en esa casa derruida.
    De inmediato probé darle arranque al coche y respondió en un santiamén. Al posar las manos sobre el volante advertí que tenía las uñas negras, con barro reseco bajo ellas, pero no lo dudé, puse primera y me alejé del lugar ingresando a la ruta sin mirar atrás.

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